Historias de gatos

Noisette

26/08/2020

Cuando tenía 11 años, la gata de mi vecina se quedó embarazada y tan pronto como los bebés nacieron iba a verlos todos los días. Eran tres; dos gatos y una gata. Uno de los machos tenía el cuerpo negro y la carita marrón, lo llamábamos Caramelo, y el otro, cuyo nombre no recuerdo, dormía todo el rato. La gata tenía cola de zorro y ojos verdes. Decidí llamarla Noisette (Avellana) y adoptarla.

Me costó mucho convencer a mis padres. Sobre todo, a mi padre… Cuando pude llevarla a casa, la escondí durante tres días en mi habitación y al cuarto día se escapó para esconderse bajo el edredón de la cama de mis padres, mi padre casi tuvo un infarto cuando vio la bolita. A partir de entonces, la adoptamos entre todos.

Pasé los siguientes diez años durmiendo con ella, preocupándome cuando no volvía a casa, dándole un millón de besos cuando volvía de clase.

Al tomarle una foto en 2016, me di cuenta de que tenía una bolita en la pata, llamé enseguida al veterinario y me dijo que no era gran cosa y que no debíamos preocuparnos, pero un año más tarde esta bolita se hizo cada vez más grande, así que intentamos varias cosas hasta que no pudimos hacer nada más.

Ese año me fui al extranjero, mi madre me advirtió en febrero que la gatita no estaba bien y que esperaba que de un día para otro no se despertara, pero al final vivió hasta julio.  Mi madre dice que me esperaba, que dormía en mi cama todos los días.

Cuando llegó el momento de dejarla ir, nunca tuve el corazón tan roto, fue una de las cosas más difíciles que tuve que hacer. Unos días después, recibí una llamada del veterinario pidiéndome que volviera a la clínica, no entendía para qué y entonces me dio una pequeña caja. Había hecho una huella de la pata de mi gata para que pudiera tener un recuerdo de ella.

Fue un detalle muy bonito, la tengo guardada para siempre.

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