Historias de gatos

Jonsy

09/10/2020

Mi primer gato

Jonsy llegó a mi vida cuando tenía 12 años y se fue cuando yo ya tenía 31. Era una preciosa gata siamesa con unos increíbles ojos azules y muy mala leche. Era la gata más bonita del mundo y, para mí, como hija única, era lo más parecido a una hermana. Jonsy vivió mi edad del pavo, celebró conmigo cuando aprobé la selectividad, también cuando terminé la carrera. Estuvo conmigo cuando me rompieron el corazón y también vino a conocer mi casa cuando me tuve que ir a vivir a Madrid.

Ahora, cada vez que entro en mi casa de Bilbao sigo mirando al suelo como si fuera a aparecer y saludo a las cenizas que están en el comedor. La casa de mis padres también era la casa de Jonsy.

Jonsy fue mi primera gata y nunca la voy a olvidar. Gracias a ella, establecí un vínculo increíble con los gatos y es por esa razón por la que cuando pude vivir sola en Madrid decidí adoptar un gato. Digo uno porque yo solo iba a adoptar a un gato y acabé con tres pero esa es otra historia. No entiendo mi casa sin gatos, son mi alegría, mi debilidad, me encanta su ronroneo y me encanta todo el cariño que me dan cada día, me encanta su indiferencia y su elegancia… Me gustan los animales pero amo a los gatos.

No puedo acordarme ni pensar en Jonsy sin que se me caigan las lágrimas a día de hoy. La quería tanto… Mi madre, lo sufrió muchísimo, para ella era todo un apoyo. Yo ya no estaba en casa y Jonsy la hacía muchísima compañía. Murió de viejita con 19 años.

Jonsy tenía muy mala leche, no dejaba que nadie que no fuera de la familia la tocara. Era una gata grande, de esas que si no estás acostumbrado te puede dar hasta miedo. Cuando dormía conmigo me quitaba la almohada y me arañaba si intentaba recuperarla. Cuando estudiaba y me levantaba un momento me quitaba la silla de estudio y acababa sentada en un incómodo taburete. A veces se sentaba en los apuntes mientras estaba estudiando. Jugábamos al escondite por casa y con pelotitas pequeñas que acaban desapareciendo.

Cuando comíamos había que sacar una banqueta para ella, tenía su sitio y su silla y nunca se subía a la mesa. Le gustaba salir a la terraza los días que hacía bueno y se tiraba horas allí viendo la calle al sol. Eso sí, cuando hacía frío no tardaba en volver a entrar ni un minuto.

A veces acorralaba a mi madre en la cocina que la amenazaba con darla con la zapatilla, como si ella la entendiera, era muy divertido. Cuando mi padre la llamaba siempre acudía.

Aprendí mucho sobre gatos con ella, a día de hoy sigo aprendiendo. Cada gato es diferente, único y ella siempre será la más especial porque fue la primera y porque aún me duele el alma que se haya ido.

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