Historias de gatos

Baguira

25/09/2020

Adoro a mi gato. Su pelo negro, su rabo raro, sus ojos que escudriñan mi alma.

Baguira (Bagheera) llegó a casa hace 13 años, con sólo unos días. Pitu la gatita siamesa de mi tía abuela tuvo gatitos con “un Isidoro” (como llamaba ella a los gatos callejeros que la rondaban). Los años de chantaje emocional dieron sus frutos y mis hermanos y yo conseguimos que mis padres aceptaran adoptarlo. Tan pequeñito, negro como la noche y con su rabito partido (por el cruce entre sus padres) fue entrar por la puerta y conquistarnos a todos.

Buscamos nombres en nuestra infancia: Salem como en Sabrina, Bola de nieve como en Los Simpson, Snorkel por su rabito y uno de nuestros favoritos; Rayo Cósmico, como el gato de La Bruja Novata. Pero finalmente mi hermana lo vio claro, sería como una pantera cuando creciera por lo que teníamos que llamarlo Baguira, como en El libro de la selva.

Dicen que los gatos eligen a su “humano” y él lo hizo nada más llegar: mi padre. Recuerdo el día que nos dimos cuenta de aquello y la cara de horror de mi madre cuando cazó por primera vez un pájaro y se coló en su habitación, para dejarlo sobre su lado de la cama a modo de ofrenda.

Todos los días se sienta detrás de la puerta cuando presiente que es la hora de llegar de trabajar, le maúlla como si le hablara, respondiendo a cada pregunta que le hace. Me encanta cuando se sube encima de él para que lo acaricie, siempre le digo que parece Vito Corleone en El Padrino.

Cada mañana cuando se despierta, Baguira recorre cada habitación de la casa observándolo todo como la primera vez, asegurándose de que nada ha cambiado durante la noche. Es tranquilo, observador y cariñoso, cuando quiere. Necesita su espacio, como cualquiera de nosotros, pero también nuestro calor.

No le gustan los juguetes, he perdido la cuenta de los que mi hermana le ha comprado; los mira con curiosidad, se da la vuelta y busca la caja. Él es feliz con un cartón o incordiando a mi hermano, cada vez que se levanta, le quita el sitio, mi hermano se mosquea y él parece reírse. Por supuesto, se queda con el sillón y mi hermano se va a una silla. Es su juego, son sus reglas, igual pasa cuando mi madre tiende, recoge o hace las camas con las sábanas, no para de perseguirla y jugar.

Es tan inteligente que a veces siento como me mira con condescendía; sí tal cual, y se que piensa: “eres muy tonta”, cada vez que intento sin éxito que haga algo. Por eso me da la impresión de que él es el que nos ha adoptado a nosotros y cuenta los días entre humanos, estudiando nuestras actitudes. Cuando estábamos todos en casa y teníamos alguna pelea, él mediaba: llamadme loca, pero lo hacía. Se ponía muy nervioso y maullaba fuerte, como regañándonos, incluso nos daba con la patita. Aún me impresiona ver que cuando nos juntamos algún fin de semana y debatimos sobre política o hablamos más alterados de la cuenta, piensa que peleamos y nos regaña.

Nos eligió y nos ha enseñado a ser mejores. Sólo espero que siga muchos años más a nuestro lado llenando de felicidad nuestros días.

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